“El milagro de Anna Sullivan”, (1962)

A continuación, os dejamos el análisis que hemos realizado de “El milagro de Anna Sullivan”, una película de evidente interés logopédico. Aunque hemos intentado ser precisos, a menudo las palabras no suelen ser suficientes para describir las imágenes, por lo que os animamos encarecidamente a verla.

 

SINOPSIS

De la mano de  Anne Bancroft  y Patty Duke, cuya extraordinaria interpretación les valió un Óscar en 1962, la película nos acerca a la historia real de Helen Keller, una niña que quedó sorda y ciega con tan sólo 19 meses de edad.

A partir de este momento, la familia Keller debe hacer frente a la difícil situación que se les presenta. Pero los padres de la niña se sienten incapaces de comprender lo que su hija quiere o necesita en cada momento, mientras que la pequeña resuelve su incapacidad para expresarse con conductas agresivas y modales casi salvajes. Cuando Helen se encuentra cerca de cumplir los siete años deciden, como última opción antes de internarla, solicitar la ayuda Anna Sullivan, una profesora a quien la enfermedad de tracoma había dejado parcialmente ciega pero que, tras numerosas operaciones, pudo recobrar la vista. Ésta acepta sin dudarlo y es a partir de entonces cuando comienza una dura lucha para lograr no sólo que sea capaz de comunicarse sino también de respetar ciertas normas y límites. Sólo la perseverancia y tenacidad de la maestra consiguen lo que todos creían imposible, logrando que la pequeña descubra, a través del tacto, el mundo que antes le resultaba desconocido.

 

DESCRIPCIÓN DEL PERSONAJE PRINCIPAL

A medida que pasan los años, Helen se convierte en una niña consentida e incapaz de someterse a cualquier disciplina debido, en gran parte, a que sus padres creen no poder negarse a las constantes exigencias de la pequeña. A ello se une el fuerte carácter que muestra Helen, quien expresa con continuas rabietas la frustración que le causa el aislamiento casi total en el que se desarrolla su vida. El expresarse así, mediante golpes y gritos, constituye un ejemplo evidente de cómo la ausencia o déficit de lenguaje lleva consigo una deficiente autorregulación. Tales son los ataques de ira de la niña que la convivencia diaria con ella se hace insoportable, situación que lleva a tomar la decisión de solicitar la ayuda de Anna Sullivan. Cuando ésta pasa a encargarse de la educación de Helen, comprueba la falta de autoridad existente, por lo que la maestra opta por convertirse en esa figura. Sabe que debe separarla de esa sobreprotección enfermiza de sus padres y, para ello, decide acudir a la casa de campo que posee la familia donde, durante dos semanas, conviven las dos solas.

De esta manera, gracias al constante trabajo de Anna, consigue poco a poco entrar en el universo de Helen y, así, descubre en la pequeña una mente despierta e inteligente. Pero además comprueba que tiene un poder de concentración extraordinario y muy buena memoria, herramientas que le serían esenciales para poder desarrollar el lenguaje. Este logro cambia de manera radical el carácter de Helen para quien, hasta ese momento, las reacciones violentas e incontroladas habían sido su modo de comunicarse con el exterior. De este modo, queda reflejado cómo sus estallidos agresivos y su rechazo a las muestras de afecto de los demás desaparecen en el mismo momento en que comprende la primera palabra, como si sólo a través del lenguaje cobraran sentido los sentimientos humanos. Adquirir el lenguaje suponía para ella una ventana abierta a todo lo que la rodeaba, una liberación de la incomunicación en la que vivía y un canal que la permitiría integrarse, por fin, en la sociedad. Y es que sólo el lenguaje le permitía ver, quizás no con los ojos físicos pero sí con la mirada del que empieza a comprender el mundo.

Aunque la película propiamente dicha no lo muestra pero sí aparece en los créditos finales del largometraje, es importante mencionar que, años más tarde, Helen se graduó en la universidad llegando a conseguir una titulación con honores. Más tarde, se convirtió en escritora, conferenciante y activista política en favor de los discapacitados.

 

ESTRATEGIAS LOGOPÉDICAS QUE SE EMPLEAN

Antes de que se produjese la aparición de Anna, Helen trataba de descubrir el mundo usando sus otros sentidos, tocando y oliendo cada cosa que se encontraba a su alrededor y sintiendo las manos de otras personas para imitar lo que estaban haciendo. Pero todo esto le era insuficiente para poder expresarse y su frustración se traducía, cada vez con más fuerza, en una rabia y agresividad casi incontrolables.

Cuando Anna llega a la mansión Keller comienza ofreciendo a la niña dos estrategias: por un lado, la lectura labial, la cual permite que Helen toque con sus dedos los labios del interlocutor, sintiendo el movimiento y las vibraciones de éstos; por otro, un alfabeto manual táctil compuesto de veintiocho letras y que consistía en ponerla en contacto con los objetos y deletrear éstos en su propia mano. Al principio, empieza con palabras sencillas como muñeca, tinta, bollo,…que son las más necesarias, ya que le ayudan a demandar aquello que desea de manera más inmediata. Pero además de trabajar con objetos, la maestra antepone la enseñanza de modales. Cada vez que la niña hace algo bien, le coge la mano y la pone en su propia cara, mientras asiente y sonríe. Si, por el contrario, Helen se porta mal, Anna niega con la cabeza y pone un gesto triste.

Pero a pesar de todo este esfuerzo, Anna comienza a frustrarse porque es consciente de que la niña no entiende lo que hace y que ha tomado el alfabeto como un simple juego de signos. A pesar del tiempo que pasan solas en la caseta familiar y del continuo aprendizaje de palabras nuevas, Helen sigue sin entender lo que éstas significan y sin ser capaz de relacionarlas con los objetos y conceptos que representan. Pero esto cambia el día en que las dos vuelven a la casa de los Keller y se celebra una comida de bienvenida en la que Helen parece no haber aprendido nada en todo el tiempo atrás; se comporta de un modo completamente incivilizado y su profesora, como castigo, la obliga a salir al jardín a llenar una jarra. En la fuente, la niña toca el agua y comienza a deletrear, con ayuda de Anna, el nombre. En seguida comprende y no sólo repite el deletreo de esta palabra sino que además, llega a pronunciarla. Cuando Helen emite con voz gutural la palabra “agua”, aquellos sonidos de su más temprana infancia en la que contaba con una audición preservada acuden a su mente. Recuerda que en otro tiempo ya comprendió el significado de la palabra “agua” (gracias al lenguaje oral en el que había sido educada) y se da cuenta de que los signos que realiza su maestra sobre la palma de su mano tienen el mismo sentido que aquellos sonidos que antes conocía pero que había olvidado tras sufrir su enfermedad.

Aunque la escena se produjo realmente, tal y como se sabe gracias a los escritos autobiográficos de Anna Sullivan y de la propia Helen Keller, no sucedió del todo como nos muestra el film: en aquel momento, la niña deletreó la palabra “agua” con el método táctil para sordociegos. Sin embargo, el director, Arthur Penn, al incluir la voz de Helen, remarca la importancia de haber recibido una educación en la lengua oral durante el primer año y medio de vida, puesto que se sabe con certeza que Helen llegó a desarrollar el habla poco después.

En la siguiente escena, continúa deletreando tierra, árbol, la cara de su madre,…. Helen reconoce por primera vez la posibilidad de referirse a los objetos exteriores con los signos que ha aprendido de su profesora. Así, logrando realizar la conexión necesaria entre el significante y su significado, consigue entender todos aquellos signos que le habían sido enseñados.

Un último aspecto a mencionar aquí es que en el aprendizaje del lenguaje, la edad de Helen Keller constituía un problema añadido a la carencia de vista y oído, puesto que con siete años, momento en el Anna Sullivan pasa a hacerse cargo de su reeducación, Helen había sobrepasado el denominado “periodo crítico” para el aprendizaje del lenguaje. La suerte de Helen es que hasta los 19 meses llevó a cabo un aprendizaje oralista del lenguaje. Ese mundo lingüístico en el que Helen habitó por unos pocos meses permaneció vivo en su memoria hasta el momento en que la tutora la introdujo de nuevo en el universo de las palabras. Podemos concluir que Anna Sullivan hizo que las manos de Helen fueran la expresión de su alma. Sin duda, ella y su peculiar logopedia lograron un milagro. Un milagro que no se quedó en simple ficción.

 

MENSAJES QUE TRANSMITE LA PELÍCULA

Una de las lecturas más claras que esta película nos deja es que los familiares juegan un papel destacado en el proceso rehabilitador, pero es un papel para el que también se requiere un aprendizaje: deben empezar a ver a Helen como una niña corriente y no como una criatura inválida merecedora de toda clase de pena y caridad, ya que estos sentimientos no son más que barreras que impiden avanzar en el tratamiento. Desde este modo, se deja claro cómo en ocasiones la compasión de quienes rodean a la persona es más limitante que la propia discapacidad.

Es innegable la gran carga educativa de “El Milagro de Anna Sullivan”. Así, desde una mirada pedagógica, constituye un auténtico ejemplo de la importancia que tiene la disciplina en la educación de los niños, entendiendo ésta como la capacidad de establecer ciertas normas y límites lógicos que se le impondrían a cualquier muchacho. Puesto que Helen antes de ser ciega y sorda es una niña como otra cualquiera, debe asumir las mismas reglas. Y esta es la principal enseñanza de Anna, una mujer que posee unas cualidades básicas como terapeuta: actitud creativa, flexibilidad, rigor, honestidad (es realista y no alimenta falsas esperanzas) y, lo más importante, no se ve paraliza por las dificultades sino que, muy al contrario, tiene una excelente capacidad para redefinir objetivos, modificar estrategias y elaborar alternativas.

Finalmente, descubrimos que la capacidad del ser humano para comunicarse está motivada por su deseo de transmitir, de descubrir. Pero en el caso de Helen, la deficiencia visual y auditiva coarta enormemente estas ansias de exploración durante los primeros años de su vida. Su incapacidad para hablar agrava más aún esa visión de que se trata de una niña discapacitada no sólo física sino también cognitivamente, poniéndose en entredicho sus capacidades intelectuales. Y ésta, por desgracia, sigue siendo una idea extendida en nuestra sociedad actual, algo que se evidencia a la perfección cuando comprobamos cómo nos solemos dirigir a alguien con alguna discapacidad, infantilizando nuestro lenguaje y enlenteciendo el habla de manera artificial.

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Ser logopeda es tener la inmensa suerte de ver cada día los ejemplos de superación y lucha de quienes dan sentido a esta profesión.