“La escafandra y la mariposa”, (2007)

Os proponemos un plan perfecto para este primer domingo de septiembre: tumbaros en el sofá y aprovechar las últimas horas del fin de semana con esta película: “La escafandra y la mariposa”.

SINOPSIS

Aunque no cuenta con demasiada fama creemos que merece ser incluida en este blog ya que su interés para nuestra profesión es innegable. En ella se nos cuenta la historia de Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de una conocida revista francesa hasta el día en que sufre una embolia que le cambia la vida por completo. Tras varias semanas en coma, los médicos descubren que sufre el llamado “síndrome de cautiverio”, una enfermedad por la que todo su cuerpo queda totalmente paralizado al estar “desconectado” del cerebro. Tan sólo el parpadeo de su ojo izquierdo, la imaginación y la memoria serán lo que le permitan comunicarse con el mundo exterior. Todo ello y sus logopedas, claro.

DESCRIPCIÓN DEL PERSONAJE PRINCIPAL

El síndrome de cautiverio que padece el protagonista es una extraña enfermedad causada por una lesión cerebrovascular que daña el tronco cerebral, el cual une el cerebro y la médula espinal. Se caracteriza por presentar tetraplejia, anartria (ausencia de articulación) y, sin embargo, conciencia, visión, audición y respiración preservadas. El cerebro está intacto, ya que comprende y procesa toda la información que recibe. Pero aunque la mente está bien, el cuerpo no responde. Bauby no puede hablar, pero escucha; está consciente y despierto pero no puede moverse debido a la parálisis completa de su cuerpo. Sólo puede comunicarse mediante los movimientos oculares de su ojo izquierdo, ya que el derecho se lo cosen al comprobar que los músculos de éste no funcionan con normalidad.

ESTRATEGIAS LOGOPÉDICAS QUE SE EMPLEAN 

Dejando a un lado la trama, nos centraremos en ese ojo izquierdo: el protagonista del sistema que permite a Bauby expresarse. Dicho sistema consiste en un alfabeto que su logopeda coloca en un panel y en el que aparecen todas las letras del abecedario en orden de mayor frecuencia de uso. Ella se encarga de deletrearlas y al nombrar la letra deseada, él pestañea una vez. Poco a poco, va formando palabras y frases que le ayudan a comunicarse. Es un método demasiado lento, tal y como él mismo piensa, pero es el único factible. De hecho, llegará así a escribir un libro con sus memorias; libro que escribió el verdadero Jean-Dominique Bauby y que inspiró la película.

Además de todos los esfuerzos de la logopeda, Henriette, por hacer que se comunique y que no pierda las ganas de luchar, se hacen otros muchos por hacer que vuelva a deglutir. Es otra logopeda la que cada día acude a su habitación y repite junto a Bauby ejercicios con la lengua, para que ésta vaya adquiriendo cada vez mayor movilidad. Los progresos son evidentes y con ellos, son cada vez más las esperanzas de que vuelva a hablar. Poco a poco, se va logrando no sólo que mueva la lengua sino también que degluta con menos complicaciones. Tras un largo y costoso periodo de tiempo, comienzan a aparecer los primeros resultados. Bauby realiza sonidos similares al habla e incluso canta, ya que es capaz de seguir la melodía de la canción que sus hijos suelen cantarle cuando van a visitarle. Los médicos, animados por estos progresos, siguen trabajando con firmeza para hacer que su autonomía sea la máxima posible. Aunque a nivel motor la evolución es mucho menor, Bauby también consigue mover la cabeza y ayudarse de ella a la hora de comunicarse.

MENSAJES QUE TRANSMITE LA PELÍCULA

Para seros sinceros, el film resulta a menudo angustioso ya que toda la acción se ve desde los ojos de Bauby. En todo momento podemos oír sus pensamientos; pensamientos que todo el mundo desconoce salvo él y nosotros. Esta capacidad de saber lo que se pasa por la cabeza del protagonista a cada instante, crea una sensación de angustia y desesperación constante. Algo parecido a sentir que estás gritando y que nadie te escucha. A pesar de esto, no es una película que resulte incómoda puesto que hace al espectador un poquito más humano; le ayuda a ponerse en el otro lado, en la piel del paciente, contagiándose del espíritu luchador de éste. Así que, a nuestro parecer, éste ya es motivo suficiente como para sentarse delante de la televisión y disfrutar de una tarde de cine.

 

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Ser logopeda es tener la inmensa suerte de ver cada día los ejemplos de superación y lucha de quienes dan sentido a esta profesión.